sábado, 30 de abril de 2011

A veces es imposible comunicarse

Ya conozco esa sensación desde hace mucho tiempo. Sin embargo, cada vez que me la encuentro de nuevo me sigue impactando como si me fuese desconocida.

El vacío. La tristeza. La melancolía del que sabe que todo pudo haber salido bien con un poquito que la suerte acompañara. La terrible certeza de que por mucho que hable y me explique no transmito lo que quiero decir, algo de simplicidad pasmosa que en mis manos se complica más y más.

Me decía B. hace poco. "Me gusta leerte, me gusta cómo te expresas..." Tan simple y natural como eso. Sentirse apreciada sin necesidad de frases azucaradas. Eso es lo que necesito, lo que intento transmitir, comunicar.

A veces en los momentos de insomnio,  si me da por chatear uso como nick Isla. Siempre hay alguno que me dice: "Qué pasa Isla... ¿estás aislada?" Pues sí, señor desconocido, pues sí, lo estoy.

viernes, 15 de abril de 2011

Retrotecnología

El novio de mi amiga aprovecha la excusa y saca la tablet para mirar los horarios de los cines, después nos enseña, emocionado, un juego en la Nintendo en el que se ve la realidad llena de seres animados. El que está sentado a mi lado en la sala de espera saca un e-book. El que va delante mía en el autobús envía un mail desde su Blackberry al tiempo que yo maldigo el teclado táctil de mi móvil (endiablado artilugio). El vecino sale a correr con su iPod cargado de canciones rockeras.  El hijo del otro vecino habla con sus amigos de Xbox, Wiis y Playstations mientras yo riego mi minijardín y me pregunto qué es un joystick y si me servirá para disparar ahora que por pirmera vez en mi vida tengo interés en los videojuegos y quiero aprender a matar zombies desde el portátil.

Rodeada de tanta tecnología, que no me desagrada sino que me sorprende, pienso en qué aparato tecnológico salvaría en caso de producirse un fatídico incendio en mi casa. El teléfono fijo. Lo compré en una web de segunda mano alemana. Me encantan los objetos vintage, o retro, o viejos, como quieran llamarles. Se fabricó en los años sesenta, tuve que cambiarle la clavija para adaptarle la actual. Es de rueda, de un color naranja alegre y descarado, con los números blancos sobre fondo negro. Aún trae escrito en el disco el número de la primera linea a la que lo conectaron, con los números de emergencias de la ambulancia y los bomberos bajo las palabras en su idioma original "notruf" y "feuer". Suena con un timbre que algunos califican de horrorroso y que a mí me parece único aunque estremecedor y que casi me mata los dos gatos de un infarto la primera vez que lo oyeron (y la segunda). 

No sé porqué me gusta tanto lo imperfecto y diferente.

viernes, 8 de abril de 2011

Y aún resistimos

Que mi compañía telefónica me ha regalado un móvil nuevo, que falta me hacía, que el otro era del medievo, a cambio de que me quedara no sé cuánto tiempo más, y yo encantada, claro, que ellos no sabían que me iba a quedar igual. Es una empresa de mi tierra, tiene los coches de los del servicio técnico a lo animal print: cebras, leopardos... si quiero me atienden en gallego, tienen una publicidad original y divertida... y encima doy por culo a timofónica, timofone y cualquiera de las grandes. Nada más podía pedir. Bueno, sí, un móvil que no boicotee a la gente que escribimos los sms respetando los acentos.

El hdp del móvil que me han dado se cobraba 90 caracteres por cada tilde que ponía, lo que hace una media de tres o cuatro sms cuando yo pensaba que enviaba uno. Así que, señores, vigilen su móviles y, en caso de ser necesario, vayánse a ajustes de mensajes y deshabiliten la opción "quiero que me sablen".

No conseguirán vencernos a los que nos gusta escribir correctamente. Seguiremos siendo piratas del acento en los oceános del lenguaje sms.

miércoles, 6 de abril de 2011

De ayudas kármicas

Una chica con la que trabajé el verano pasado me llamó para pedirme un favor. Está en una situación complicada y en ese aspecto en cuestión soy una de las pocas personas que puede ayudarle. Me lo pensé y, aunque prefería no tener que hacerlo y me podía traer problemas a mí, le dije que contara conmigo.

Mi madre, cuando lo supo, puso el grito en el cielo. Qué cómo se me ocurría juntarme con esa gente (esa chica tiene problemas con las drogas), que me iba a meter en líos, que... Yo intentaba explicarle que creo que si está a mi alcance echar una mano a alguien, ¿por qué no hacerlo? El daño que puedo evitar es mucho mayor que la molestia que me causa a mí misma hacer el favor. Me parece egoísta no ayudar a alguien que te necesita simplemente por comodidad. 

Y en el medio de mis explicaciones más zen, kármicas y buen rollistas, veo que me mira con los ojos poco menos que vidriosos para a continuación decirme con voz lastimosa:
-¿Y a ti quién te ayuda? Con toda la ayuda que tú necesitas...
Hubo unos segundos de silencio y hasta juraría que pasó una de esas plantas rodantes que cruzan en los duelos del Oeste.

Cada vez estoy más segura de que la realidad que yo veo y vivo no es la misma que la de los demás. No sé en qué puedo necesitar yo ayuda, me considero una persona bastante afortunada. No hay ni un aspecto de mi vida que se haya desarrollado de forma normal o habitual, nada que haya resultado fácil y sencillo,  pero aún así, no me considero una persona desgraciada, con mala suerte o, mucho menos, que necesite ayuda de nadie. 

Quizás sea una ingenua pero creo que todo lo que quiero conseguir, todo lo que deseo, está a mi alcance. Mientras otros me ven en el papel de víctima a la que hay que rescatar yo miro al mundo y creo que, a pesar de todo lo que me ha pasado, puedo sobrevivir en él por mí misma. Con quejas y lloros, miedos y temores, pero lo estoy haciendo ya.

martes, 5 de abril de 2011

Recogiendo gatos del asfalto

Cerca de mi casa hay una colonia de gatos. Cerca de mi casa hay desde hace unos años una calle por la que se debe ir a 50 pero se va a 80. Desde entonces cerca de mi casa también hay a menudo gatos atropellados.

Creo que todo empezó con un gato muerto en el medio de la carretera que con el paso de los días y los coches se fue convirtiendo en una masa sanguinolenta. Un ser tan hermoso aniquilado y despedazado. Primero por alguien con no muchos reflejos o con demasiada maldad como para pisar el freno. Luego por otros con demasiada desidia como para esquivar su cadáver. 

Pocas semanas después me encontré con los restos de un gato al lado del contenedor. Ya no quedaba gran cosa del animal que fue, sólo un pellejo sucio apenas reconocible. Lo miré y sentí mucha pena. Quizás nunca nadie le acarició o le dedicó una palabra agradable, quizás alguien aún lo está esperando, quizás murió solo y con dolor... Supuse que mejor que dejarlo tirado en la acera era meterlo dentro del contenedor pero fuí incapaz. No es basura, ni siquiera muerto, por mucho que algunos no tengan reparos en tirar animales vivos junto con las sobras de la cena... no, no son basura. No sabiendo qué hacer lo dejé allí.

Esa noche llovió muchísimo. Yo estaba en cama, con los ojos abiertos de par en par mirando la oscuridad,  pensando en aquel pobre animal, en lo que quedaba de él, mojándose, encharcándose, quedando aún menos reconocible la esencia de lo que un día fue, sin que hubiese un alma compasiva que le salvara, por lo menos, de la lluvia, ni siquiera yo. Al día siguiente pasé con el coche y lo recogí. Lo enterré a escondidas en la finca de mis padres. 

Tiempo más tarde una de las gatas de la colonia había tenido cachorros. Los había visto crecer a los cuatro, jugar reptando por los troncos de los árboles, echar carreritas entre ellos por el césped... ya sólo quedaban dos. Uno había muerto pero enseguida lo retiraron, el otro lo encontré yo. Lo enterré cerca del que había recogido al lado del contenedor. 

Cuando no puedo llevármelos los retiro y los dejo en el césped o en la acera, para que por lo menos no los destrozen y sigan siendo lo que son, animales bellos y libres. El que recogí hace tres días aún estaba caliente. Diez minutos antes de que yo llegara probablemente ni siquiera se la había ocurrido la idea de intentar cruzar la carretera. Llegué a casa y, como con los otros, lloré. Supongo que me he atado para siempre al alivio de rescatar sus cuerpos junto con el látigo de la tristeza y la impotencia.

Intento que la gente no me vea pero no siempre lo consigo. No sé qué pensarán. Quizás que estoy loca, quizás que qué asco tocar al bicho, quizás que a quién le importa un gato, que los hay a montones. 

Yo quiero pensar que enterrar gatos alrededor de la planta de hierbaluisa sirve para algo.