sábado, 23 de junio de 2012

La única salida que encontró

Ayer por la tarde hacía mucho calor en aquella ciudad. Nacida en el fondo de un valle, compite cada verano por conseguir las temperaturas más altas de España. Habíamos ido a visitar a la familia y esperamos hasta la media tarde para salir a dar un paseo.  La calle principal estaba llena de gente con la misma idea. Tomando helados o refrescos en las terrazas, caminando mansamente viendo escaparates o esforzándose en calmar la última rabieta del niño. 

Un perro labrador pasó a mi lado. Llevaba su propia correa en la boca, se movía ágil y contento, oscilando el rabo suavemente. De vez en cuando echaba un ojo atrás, comprobando dónde venía su dueña, que charlaba relajada con otra chica. Yo caminaba mientras pensaba que la idea del helado me tentaba cada vez más. 

De pronto un golpe, seco y grave a mis espaldas. Un hombre grita. Mi compañero y yo miramos atrás. Algunas personas corren hacia un grupo de gente que empieza a formarse a unos treinta metros de nosotros. Otros, en cambio, huyen de allí con la cara desencajada. ¡El perro, el perro!, dice alguien. Pienso en el labrador y si lo habrán atropellado. Por un momento me reconforto pensando que es una vía peatonal, el coche no podía ir demasiado rápido, seguro que no es grave. Estiro la cabeza y veo a la dueña que coge al perro de la correa y lo aleja. El perro está bien. Me quedo más tranquila. ¿Qué ha pasado entonces? Eso mismo pregunta una mujer a unas chicas que acababan de pasar a mi lado cuando sonó el golpe. Un hombre se acaba de tirar por una ventana, contestan.

Vámonos, vámonos... le digo a mi pareja.   

"El secreto de la existencia humana consiste no sólo en vivir, sino en hallar el motivo de vivir. Sin una idea clara y determinada del objeto de su existencia, el hombre preferirá renunciar a ella, y se destruirá, antes que permanecer en la tierra" Ivan Karamazov (Los Hermanos Karamazov / Dostoievski)

"Es indudable que no carece de valor el que tranquilamente se mata, porque se necesita de gran fuerza de voluntad para sobreponerse al instinto más poderoso de la naturaleza, y en una palabra, el suicidio es un acto que  más ferocidad que debilidad." François-Marie Arouet Voltaire
  
"No hay nada en el mundo a que más indiscutible derecho tenga el hombre que a disponer de su propia vida y persona." Arthur Schopenhauer

"Abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar el campo de batalla sin haber luchado" Napoleón

"El suicidio sólo debe mirarse como una debilidad del hombre, porque indudablemente es más fácil morir que soportar sin tregua una vida llena de amarguras" Goethe

 Estas son algunas frases que he encontrado por la red referentes al suicidio. Hoy supe que se trataba de un chico de treinta y pocos que se tiró desde un noveno. Eligió morir, y lo hizo. ¿Era un cobarde porque se rindió frente a la adversidad? ¿Era un valiente porque se rebeló ante una vida que no era la que él quería vivir? ¿Qué sabemos nosotros de lo que pasaba por su cabeza, de su sufrimiento? Imagino su dolor, tan terrible y profundo, su alma encerrada en un lugar oscuro y frío. Sin sueños ni ilusiones, sin más deseo que escapar de todo eso. Lo imagino y me aterroriza porque yo también lo sentí. Y se puede salir, se puede salir hasta del pozo  más profundo, por lo menos en las situaciones que se dan en el primer mundo. Supongo que él no creyó que pudiese conseguirlo. No le disculpo, pero le entiendo.

Se me están poniendo estos mundos de Soliloquios bastante grises. También es cierto que que alguien se mate delante de mis narices no ayuda demasiado. Últimamente escribo más tristezas que otra cosa. Y eso que estoy bastante feliz esta temporada. Intentaré remontar y volver a pintar las paredes con risas y colores alegres. Prometido. Dadme unas semanas.

miércoles, 20 de junio de 2012

¿Estamos gilipollas o qué?

Me ha pasado dos veces esta primavera. Y me está empezando a tocar las pelotas, que ya estoy barajando la posibilidad de que tenga imán o algo. 

A ver. En general no suelo tener conflictos con los demás pero si alguien se mosquea conmigo suele ser porque...

-se me ha preguntado algo y he dicho lo que pienso. Soy sincera y directa, por eso a veces me callo lo que pienso, pero si me preguntan mi opinión sobre algo daré una respuesta clara y transparente, y a veces incómoda.

-soy una desarraigada, como digo yo. Es raro que quiera establecer lazos con alguien más allá de unas cañas de vez en cuando y si lo hago es después de bastante tiempo de conocerle. Por eso la gente se me suele picar porque de cada diez veces que proponen quedar pues yo voy... una. Creo que no nací para socializar, es algo que no se me da bien (algunos dicen que esto no es cierto), o por lo menos no estoy del todo cómoda con otras personas. No siento ese sentimiento de manada que se supone debería sentir como animal gregario que es el ser humano. 

Esta primavera, como decía, me ha pasado dos veces lo siguiente: imaginaos que un conocido os pega un tortazo. Así, sin venir a cuento. Entonces vosotros reaccionáis devolviéndoselo. Entonces el conocido en cuestión monta en cólera porque tú, oh tú, malvada criatura, le has atacado a él, que tanto había hecho por ti.  Porque eres un ser venenoso y endiablado y blablablá.

Y así ha sido en las dos ocasiones. Las dos personas en cuestión se han ido de mi vida con el pecho henchido de supuesta dignidad a pastar a prados más verdes, porque yo soy una muy mala persona que les he dicho cosas horribles y horripilantes y no merezco el perdón de jesúsnuestroseñor. 

Pues bueno. Debo de tener cara de pánfila porque no sé en qué momento se les ocurrió que podían escupirme en la cara sin que yo objetara nada al respeto. No sé en qué momento se les ocurrió pensarlo pero... se equivocaban. 

Y me pregunto si yo hago lo mismo. Si me puede el egocentrismo y no veo más allá de mis propias narices y mi propio ombligo, sin ser capaz de reconocer cuando me han dado una mala respuesta porque me la he ganado a pulso. Y coño... yo pienso que no, de verdad. Pienso que a veces tengo un pronto jodido pero para que diga algo hiriente tienen que apretarme mucho las tuercas, para que dispare con bala tengo que estar muy muy dolida. 

Y no sé. Que igual empiezo a sacar ese fondo borde y seco que tengo antes de que intenten pisarme la cabeza, como estos dos, por eso de ir dejando claro que la tonta del pueblo también tiene dientes con los que morder.

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viernes, 8 de junio de 2012

El malvado Carabel (extracto)

(Otro post rescatado del cajón. Éste porque con pocos textos me he reído así, de Wenceslao Fernández Flórez, en 1931)

Amaro Carabel, tras ser despedido injustamente, decide convertirse en delicuente, convencido de que su honradez y bondad sólo pueden traerle desgracias. He aquí uno de sus múltiples intentos:

Nunca se supo como Amaro Carabel llegó a apoderarse de la caja de caudales de la Sociedad de Seguros mutuos "La Precaución" (...) La policía supuso que fueron varios los ladrones; pero puede afirmarse que únicamente Carabel acometió una hazaña para la que, en verdad, era precisa una fuerza muscular extraordinaria, porque la caja pesaba considerablemente y el esfuerzo de un individuo de tan escasas energías como Amaro sólo puede explicarse después de haber leído las teorías de Tomás de Quincey acerca del crimen.

Carabel se encontró en la imposibilidad de abrir la fuerte arca de hierro. Excitado por tan desgraciada incapacidad, concibió una desesperada idea: la de arrojar la caja desde la altura de aquel quinto piso a un solar dominado por la terraza desde la fachada lateral. Así lo hizo, aunque tuvo que trabajar hora y media en llevar aquel armatoste hasta la balconada. Oyó el golpe y se retiró rápidamente, pensando "¡Se ha hecho polvo!". Pero cuando llegó a la calle y entró en el solar por el hueco de unas tablas podridas, vio con profundo disgusto que la caja estaba tan hermética como antes y que únicamente presentaba una abolladura en la esquina antero-inferior derecha (...).

Éste fue el principio de una serie de viscisitudes que no es posible referir muy detalladamente por el misterio en que Carabel ha querido conservar siempre los episodios de la aventura. Sin embargo, en el cuaderno de cuentas de la tía Alodia, se puede leer la nota de un préstamo hecho aquellos días a su sobrino "para el pago del alquiler de una casita en el camino de Getafe"; lo que sugiere la sospecha de que Amaro llevó el caudal y el arca inseparable que lo contenía a alguna vieja vivienda de Madrid, donde intentó manipular sin atraer la curiosidad y los malos pensamientos de los hombres.

En el mismo cuaderno, (...) aparecen estos misteriosos renglones que, bajo nuestra responsabilidad , deben ser relacionados con el suceso:
Día 8.- Por adquisición de un martillo, 10 pesetas.
Día 12.- Por otro martillo mayor, 20 pesetas.
Día 16.- Por otro martillo más pesado, 40 pesetas.
Día 18.- Por un frasco de embrocación para los brazos y la espalda de Amaro, 5 pesetas.

Es muy difícil reconstituír exactamente la vida de Carabel en esa etapa. Puede afirmarse tan sólo que se notaba en él una gran preocupación durante el poco tiempo que permanecía con su familia, porque parecía atacado de un gran cansancio físico (...) Hablaba muy poco, y casi siempre para expresar ideas extrañas. Así, una noche en que el señor Ginesta leía en el "Alrededor del mundo" un relato de los esfuerzos y sacrificios que costó abrir el Canal de Suez, se vió interrumpido por una carcajada de Carabel, tan sarcásticamente despectiva que el lector se creyó en el caso de interrogarle acerca de su significación, sin que consiguiese de Amaro otra respuesta que la siguiente:

-¡Si no hubiese en el mundo nada más difícil de abrir que ese canalillo!...

Otra vez, luego de seguir atentamente las manipulaciones de su tía, que preparaba una caja de sardinas, le arrebató con brusquedad el abrelatas, lo contempló con una mirada ansiosa y lo arrojó después, al tejado, mientras murmuraba con amargura: "Sí..., sí; en teoría está bien..., pero tampoco sirve..."

Algunos indicios, penosamente recogidos aquí y acullá, pueden ser interpretados sin grandes dificultades. Se sabe que ofreció 25 pesetas al maquinista de la apisonadora que por aquellos días trabajaba en el arreglo de la carretera de Getafe, si se avenía a hacer pasar el cilindro sobre un bulto que él llevaría cuando los obreros se hubiesen retirado; proposición que el honrado individuo rechazó fríamente por temor a incurrir en responsabilidades, ya que, según dijo después, nada hay que despierte tantas ideas trágicas entre la gente del campo como una apisonadora. Numerosas veces, si han de creerse sus palabras, le habían tentado (...) para aplastar viejas que no querían morirse y niños que se habían obstinado en nacer. También los suicidas solían hacerle insinuaciones mientras miraban el ingente rodillo con ojos de gula.

Mucho tiempo después de tal época, cuando ardió en los barrios bajos un almacén de madera, Carabel, que se encontraba entre los curiosos, no pudo contener esta observación (...): 

-En esa terrible hoguera es posible que se ablandasen las paredes de una caja de caudales, pero con un hornillo de antracita no se conseguiría más que calentarlas un poco. La antracita no vale para nada. 

(...)
Cuarenta y ocho horas más tarde se oyó, cerca de la casita alquilada por Carabel en la soledad del campo, el estampido de un cartucho de dinamita. Al día siguiente, otra más fuerte detonación. Y en la madrugada de un domingo, otra, seis veces más estrepitosa, que hizo escapar a todos los pájaros de media legua a la redonda. Un sujeto que pasaba a mucha distancia, contó después, en la primera taberna que encontró en el camino, que había visto elevarse en el espacio un objeto de forma cúbica y volverse a abatir.

Finalmente, el tren de mercancias número 26, tropezó en la noche con algo que el maquinista creyó que era un piedra desprendida sobre la vía, en la línea férrea de Getafe. El tren arrastró, a topetazos, aquel trozo de roca, y lo lanzó por un terraplén. Este es el último detalle que figura en nuestras notas relacionadas con el robo de la caja de caudales. 

(...)
El director general de Seguridad recibió la siguiente carta:

"Señor:
La caja de caudales de la sociedad de Seguros "La Precaución" está al pie de uno de los derrumbaderos de los Siete Picos (...). El rastro es fácil se ser hallado, porque al caer desde la cumbre la caja fue tronchando árboles y quebrando peñascos. No obstante, continúa más apretadamente cerrada que el nefasto día que la construyeron.
Si usted es un hombre justo, señor director, felicite al fabricante de esa caja. Y hágale también presente mi admiración, porque yo ignoro sus señas. ¡Qué hombre, qué grande hombre! He aquí un industrial que puede decirse que no roba el dinero de sus clientes. Me ha perjudicado, me ha hecho sufrir, creo poder afirmar sin exageraciones que acabó de arruinarme; pero le admiro. Su caja pudo siempre más que yo. La abandono porque el empeño de abrirla, que hasta ahora no fue más que obsesión, amenaza convertirse en locura. La última vez ya no empleé el fuego ni el hierro: la última vez me puse de rodillas para rogarle. Mi vida iba a ser una pugna entre esa caja y yo. En un momento de lucidez, decido alejar tal riesgo, avisando a usted el sitio donde se encuentra, bajo una ligera capa de tierra, ese prodigio de la industria. ¡Que se la lleven, que se la lleven!
Y hasta nunca más. -X."