viernes, 20 de julio de 2012

Y así transcurren los días

El que se lava la cara sin darse cuenta de que lleva las gafas puestas me llama despistada porque la mitad de lo que busco no está en su sitio: el libro encima de un radiador, el móvil en la repisa de la ventana y el gato encerrado sin querer en el cuarto de la lavadora. 

El otro gato no ve que me acerco por detrás y cuando le acaricio el lomo se da media vuelta y me firma el antebrazo con sus tres uñas más letales. Tras unos minutos de negociación para que deje de erizarse como un pompón le convenzo con unos mimos cordiales. Le subo a mi regazo y le beso la mejilla, ahí dónde le asoma el colmillo. Me mira y me sugiere que si le doy latita me perdona el susto. 

Compro un jazmin para que trepe rodeando la puerta del garaje. Necesito piedras, grava o lo que se tercie para ponerle en el fondo de la maceta para que drene bien. Busco y rebusco y no encuentro nada. Pienso en el juego de café tan horrible que me compró en los chinos una prima. Me digo "Es un regalo. No puedes hacer eso." Me digo "Es horrible, no voy a usarlo jamás de los jamases. Sí puedo hacerlo." Uno tras otro platillos y tacitas desfilan antes mí. Martillazo y para la maceta. Me siento como si estuviese escondiendo un cadáver. El jazmín luce esplendoroso estos últimos días de Julio. El olor de sus flores se percibe desde la acera. 

Inspirada por las bicis que ví en Alemania medito la posibilidad de llenarle a la mía de flores el volante. Pienso si no parecerá más bien un coche de funeraria.  Decido que mejor le pongo sólo una. 

Para el próximo curso estaré cargadísima de asignaturas. Si quiero acabar la carrera de una vez sé que me esperan nueve meses de dedicación académica absoluta. Voy haciendo todo lo que tengo pendiente por hacer. Acabar aquel lienzo. Vender aquellos libros que no me gustan e invertirlo en nuevos títulos. Poner en marcha el proyecto de aquella web. Adecentar el jardín. Escribir más y empezar el relato que tengo en mente. Hacer la limpieza general. 

Sí, hago limpieza. Vacío armarios, limpio todo y coloco las cosas de nuevo. Ordeno estanterías y me deshago de lo que ya no es útil, ni bello, ni me hace sentir bien. Quito el polvo a las lámparas, que den luz. Abro ventanas y aireo colchas y edredones. Lavo alfombras y las tiendo a secar al sol.

Limpieza por dentro y por fuera. Acabo cansada pero contenta. Siento que todo va como tiene que ir. Hacia adelante, siempre.

martes, 17 de julio de 2012

Deutschland y yo

A Alemania me he ido. Diez días con mis padres, pensé que no sobreviviría pero lo he hecho. Y hasta lo he disfrutado. 

Desde los dos años que no subía en avión. Y he flipado en el despegue. En los cuatro despegues que he hecho estos días. Da igual cuántos vuelos coja, el momento en el que dejas tierra y subes hacia el cielo siempre me parecerá impresionante.

La zona en la que he estado está al sur, Karlsruhe, al lado de la Selva Negra. Estuve viviendo con familiares que tengo allí y me lo pasé pipa con sus dos perros.  CH. es un carlino buenazo y tranquilo. Aquí el pobre creo que sale con los ojos cerrados (a los perros también les pasa).


A CH. lo trae por la calle de la amargura P., que es una mezcla de chihuahua y pequinés de lo más belicosa, un trasto que no para quieto, y cuando lo hace no es a la distancia adecuada. Aquí le había cogido el chupete a un niño, en ese momento estaba a punto de soltar el chupete únicamente para intentar sustituírlo por la tapa del objetivo de mi cámara. 


Yo pensaba que los alemanes eran secos y serios, hasta sosos si me apuras. Para nada, por lo menos los que yo conocí. Me pareció gente muy educada, alegres y afables. Con un amor por la naturaleza que ya quisiera yo que abundara más por aquí. Tienen un montón de zonas verdes. No un parquecito, no, ¡bosques!. Con caminos para pasear, correr  o andar en bici. La bici es especialmente usada en la región en la que estuve. Bicis por todas partes, algunas de lo más decoradas.


Todas las casas y bloques de edificios tienen jardincito, en cada construcción es obligatorio dedicarle un tanto por ciento del terreno. Y todos las jardines están cuidados, con una gran variedad de flores y plantas, figuras de todo tipo y otros adornos, ¡son muy creativos!. A nada que te alejes de las calles más céntricas empiezan a aparecer enormes trepadoras cubriendo fachadas, grandes árboles, y todo tipo de vegetación. Se nota que apenas hay contaminación. Nunca había visto tantos abejorros en una ciudad, esta lavanda está llena de ellos aunque no se aprecian bien.


Mientras en Galicia tuvimos que sacar las uñas para que la Xunta no siguiera con su plan de fumigar los bosques sin importarle que insectos como las abejas se fueran al carajo. Todo porque el eucalipto, árbol no autóctono que lo está invadiendo todo, está de capa caída por algún tipo de parásito. 

Los gatos alemanes son igual de maliciosos que los nuestros. Aquí un pájaro tentando a la suerte. ¿Los veis?




Detalle de una fachada, con una estructura para nidos de golondrinas. 



Un comedero para pájaros en un jardín.

Son comunes los clubs de hortelanos (así los llamo yo). Se trata de una serie de parcelitas (con su respectivo pozo y caseta) que se alquilan (unos 200 euros al año) y en los que cada uno puede plantar lo que quiera. Todas las que yo ví me parecieron preciosas. Muy cuidadas y con un colorido estupendo.



También estuve un día en Zürich. Fue emocionante visitar después de tantos años la ciudad donde nací. Por cierto, fue en este edificio tan feocho.



Me pareció una ciudad rara. Sí, rara. Muy ecléctica, con construcciones clásicas (preciosas) alternadas con edificios más modernos, como el más alto de Suíza. La mole negra que se ve en esta foto.


Tiene montaña pero crece a la orilla de un lago enorme. Mientras miraba en una plaza como el cielo aparecía cruzado por el cableado del tranvía se me ocurrió que nos parecíamos bastante la ciudad y yo.




Me vino bien desconectar del día a día. Vuelvo con la mente más clara y limpia que cuando me fuí, y lo necesitaba. He echado muchísimo de menos a mi compañero y a mis dos gatos. Me los he comido a besos a los tres, aunque como era de esperar los gatos pasaron de mí tres pueblos y medio un par de horas, "Ah, ¿pero te habías ido?". Luego ya empezaron a pegárseme y dejarse achuchar.  En cambio la perra de mi madre (a ver, que mi madre tiene una perra, no es que... bueno, me entendéis, ¿no?) le hizo un recibimiento en plan alegría histérica que casi deja al borde del infarto a las dos. Pero bueno, los gatos son así. Y son encantadores de todas formas. Yo, con que vuelvan a mi regazo, como ahora mismo, me conformo.

Por cierto, "waser mit limetten".  Una bebida de zumo de lima con agua y azúcar. Simple pero deliciosa.