martes, 30 de octubre de 2012

Mi lugar feliz

Suena Túmbate, de Jero Romero.

De pequeña sabía nadar un poco a base de imitar la precaria braza de mi padre. Aún no sé cómo pero la cosa es que flotaba y también avanzaba al mismo tiempo. A los 16 me apunté a un curso para aprender a nadar decentemente y tanto me entusiasmé que me pasé nadando toda mi adolescencia. 

A esa edad yo estaba segura de que no había un hueco para mí en el mundo. La hora diaria que pasaba nadando era mi huída personal a un sitio lejano y ansiado en el que sí era feliz. Nadando solo estás tú, el agua y el fondo de la piscina pasando una y otra vez. El camino al interior de mi mente nunca había sido tan recto como durante las horas que pasaba nadando. 


Cuando entré en la Universidad, poco a poco, lo fuí dejando. Yo, siempre tan ingenua, me había hecho a la idea de que en la facultad encontraría gente más afín a mí. Que encajaría mejor. Y no. Encajaba igual de mal. Fuí dejando de nadar, quizás porque ese tiempo de soledad se me empezaba a hacer demasiado duro. Demasiada tristeza ahí dentro, puede ser. 

Empecé a hacer otras cosas. Aprendí a jugar al tenis (tengo una reincidente tendinitis en la muñeca derecha como recuerdo) y luego hice full contact (de esto me queda un buen crochet de izquierda, mucho más útil). Y luego enfermé y ya apenas volvi a hacer deporte aunque siempre tenía en mente volver a la piscina.

Hace un par de años me apunté, por azares de la vida, a un curso de doblaje. Me gustó muchísimo. Siempre he sido muy expresiva. Suelo hacer muecas y poner voces cuando hablo, muchas veces sin darme cuenta siquiera. Aprendí mucho y descubrí un mundo muy interesante. Como los cursos de doblaje son hípercaros decidí que podía seguir investigando el tema apuntándome a uno de teatro. 

Uno de los ejercicios que solíamos hacer en el curso de teatro para "soltarnos" era poner música relajante y cada uno imaginarnos en un lugar en el que estuvieramos cómodos y relajados. Uno estaba tirado panza arriba en el medio de la sala, estaba tomando el sol en la playa. Una daba saltos, corría, y volvía a saltar y tirarse por el suelo, estaba en el medio de un gran prado. Otro simplemente bailaba. Otro agitaba los brazos lentamente, era un junco mecido por el viento. Yo nadaba. Andaba en círculo y movía despacio los brazos, a veces a crol, a veces a braza. De espaldas no,  que invariablemente acababa pisando al que tomaba el sol. Era incómodo (prueba y verás) sin embargo no se me ocurría nada que pudiera relajarme y hacerme sentir tan bien como imaginarme en el agua.

En otro de los ejercicios teníamos que improvisar un dibujo dónde nos representásemos como quisiéramos ser. Una se dibujó como un hada madrina. El otro como un bufón. La de más allá como una hippie que vivía en el campo. Yo me dibujé como una nadadora a punto de saltar al agua.  Algo tal que así:



Esos dos detalles me hicieron darme cuenta de lo mucho que echo de menos nadar. Y de que estaba haciendo el gilipollas apuntándome a un curso de teatro en vez de en uno de natación. Creo que nadar, la sensación de estar sin ataduras en el agua, la libertad donde ni tu propio cuerpo pesa apenas, el deslizarse veloz y certera por el agua... creo que todo eso es mi "lugar feliz". De algo así hablaba Naar una vez. El lugar donde me encuentro más segura y a salvo. 

¿Y por qué aún no he ido a nadar después de tantos años echándolo de menos? ¿Por qué hace un montón de tiempo que tengo preparado el bañador, las gafas, el gorro y hasta las chanclas en una bolsa y nunca me decido a ir? 

Porque si voy y no siento lo mismo que cuando era mi válvula de escape de adolescente... me quedo sin lugar feliz, nenes. Y qué putada, ¿no? 

Sin embargo sé que algún día volveré a nadar. Y no va a tardar demasiado. Creo.




(Imágenes sacadas de aquí, aquí y aquí)

domingo, 28 de octubre de 2012

Lisboa

Pues eso. Que decía he-lènic en los comentarios si no me iba de viaje de novios  y sí, a Lisboa nos fuímos. Yo preferiría París o Florencia, todo sea dicho, pero Z. opone cierta resistencia a subirse en un avión. Por eso nos pasamos un día entero viajando y gastándonos una pasta en los billetes de los tres trenes que tuvimos que coger cuando por veinte euros podíamos pillar un vuelo y estar allá en una hora. Pero vamos... no le guardo ningún rencor, ¿eh? Ninguno. Casi. 

Cuando viajamos solemos hospedarnos en lo más barato que encontremos pero por una vez quería saber qué se siente durmiendo en una cama sin hormigas o con un colchón decente. Y cojí un cinco estrellas. Ahí, dándolo todo. Era una oferta especial, claro. Así que cansados y sudados después de pasar el día pillando trenes (eso sí, vimos mucho paisaje), cruzamos el vestíbulo del cinco estrellas. Yo no tenía maletas de Loius Vuitton que ofrecerle al botones, así que ante la opción de darle mi mochila Kelme le dije que ya la llevaba yo, todo con mucha dignidad. Que no se note que en mi vida he usado tarjeta para entrar en la habitación en vez de llave.

Lo mejor de las cinco estrellitas era el estupendástico buffet de desayuno. Allí había de todo. De todo. Embutidos, quesos, yogures, zumos, varios tipos de pan y bollería, fruta, cereales... No había galletas. Eso no. Pero yo no me acordé de ellas hasta ahora. Ay, no, calla, lo mejor del hotel es que estaba emmoquetado de arriba abajo. Y aquí es cuando el placer del silencio cobra significado. Nada de taconeos de otros huéspedes en las habitaciones contigüas o por los pasillos, nada de objetos que sea caen. Nada.

Yo soy de planear muy mucho los viajes pero este fue algo improvisado por eso llevaba apuntado como sitio a visitar, con exclamaciones en plan "notelopierdastía", la dirección de un restaurante que, no sé porqué, se me antojó era un museo.

La ciudad está llena de edificios antiguos con unas fachadas preciosas. Por desgracia la mayor parte están abandonados, parece que la gente prefiere vivir o tener sus negocios en edificios nuevos de la periferia antes que en uno rehabilitado en el centro.



Sufrí durante toda la estancia porque hay tiendas y mercadillos con antigüedades a cada paso, que son una de mis perdiciones. Tuve la suerte de que nos coincidió con el segundo fin de semana del mes, que es cuando se instalan una veintena de puestos en la Avenida de la Libertad (para quién vaya a ir y le interese). Cayó en mis manos un anillo de plata al que le echo como mínimo cuarenta años. Y también una lámina de principios del 1900 de este óleo de Simonet, un pintor valenciano.


El cuadro se llama "Y tenía corazón". Y sí, ya sé que no es el tipo de lámina que la gente colgaría en sus salones. 



Esto es en la Plaza del Comercio. El Arco de Santa Augusta, calle en la cual casi me atraganto con el zumo de "ananás" porque nos ofrecieron hachís varias veces mientras paseábamos. Parece ser es común. 

Me gusta mucho callejear cuando viajo. Suelo ir a todos los sitios andando y tengo la máxima de "Volver por el mismo sitio que viniste, jamás" para ver lo máximo posible. El primer día fuímos a Belem, intentando aprovechar que la mañana de los domingos los museos son gratuitos. Bien. Tres horas andando nos llevó llegar. Con chaparrón en medio incluído, y sin paragüas. Cuando llegamos al Monasterio de los Jerónimos alcancé la gloria. Un poco más allá está la Torre de Belem. 


Y mirad bien esta terraza.


No, no la habéis mirado bien. Volvedla a mirar. Si un día vais a Lisboa, al barrio de Belem, y reconocéis esa terraza, ¡no toméis nada en ella! Moriréis petrificados antes de que os sirvan. Huíd, malditos, huíd de allí a otro lugar. Ancha es Castilla, amigo Sancho.

Ese dia llegamos al hotel en taxi. Estábamos cansadísimos. Y nos llevamos la sorpresa de que los taxis portugueses son mucho más asequibles que los españoles. Y nos prometimos que no nos íbamos a meter más esas caminatas, que para algo estábamos de vacaciones. 

El día de nuestra llegada, el día anterior,  habíamos intentado ir hasta el Castillo de San Jorge, pero a la altura de la Catedral abortamos misión porque era ya tarde y aún nos quedaba un buen trecho para llegar. Al día siguiente de la caminata a Belem decidimos ir. Andando. Porque somos así de... ¿bobos? El caso es que llegamos, casi muertos pero llegamos. Y estas son las fotos que saqué: 



Un gato y otro gato, porque era de noche y no se veía nada de las ruínas.

También fuímos al oceanario dónde había rayas enormes y caballitos de mar y un pulpo gigante y pingüinos y aves marinas... Ah, y uno de mis animales favoritos, las nutrias. Que estaban terriblemente estresadas. 


Una siesta se estaban echando. 

La última noche cenamos en una calle turística (Portas de San Antón) y aunque solemos meternos dentro nos quedamos en la terraza para escuchar a los músicos callejeros. Tan pronto nos sentamos apareció un chico de sombrero, yo creo que tenía raíces jamaicanas o algo del estilo, que con su guitarra se puso a versionar a Metallica, Sinatra, Guns'n'roses y varios más. ¿La palabra? Espectacular. La piel de gallina. Fuí a echarle una moneda y quería sacarle una foto pero era tan guapo que me dió vergüenza (hacerle la foto, la moneda sí llegué a dársela) y volví a sentarme y continuar con mi caldo verde. El pobre no sabe que aquella cena con la mejor compañía (Z., of course) y disfrutando de su música es uno de los mejores recuerdos de Lisboa. 

A quién quiera ir le recomiendo dos cosas que yo no pude ver. El Palacio de Foz, para el que hay que pedir reserva si quieres visitarlo y la Iglesia do Carmo, que quedó en ruínas en el terremoto de 1755. 


¿Véis el gato pintado?




viernes, 19 de octubre de 2012

Ya es oficial

Suena... suenan muchas cosas, veréis, pero para empezar "You and I", de Scorpions.

(Aviso, este post os va a parecer un tostón cursi y ñoño, pero quiero dejar constancia del hecho y sus detalles en el blog, así que os fastidiáis)

Allá por Mayo ví que el 2012 estaba siendo una soberana mierda y pensé "¿qué podría hacerlo un año bueno?" Estuve dándole vueltas un tiempo hasta que en Junio lo tuve claro: casarme con Z. Cogí un calendario y me dije: "Quiero que sea un seis, me gusta el seis, y a Z. también". El sábado más cercano que coincidía como seis era en Octubre. Está bien, el otoño también me gusta. Y así elegí el día.

Z. estaba conforme con la idea y empezamos a buscar un sitio. Sería una boda civil, y de ser posible la celebraría en el mismo lugar del banquete. Desde siempre quería que fuese en un pazo, un sitio representativo de mi tierra. Y lo encontré, y de los pocos sitios donde el concejal se desplazaba al exterior. Un pazo pequeñito y escondido, del S XVIII, con una enorme buganvilla que trepaba por toda la fachada. También había un salón rojo con retratos de antiguos habitantes y un jardín con ardillas que correteaban con bellotas en la boca.

El novio hizo una excepción y se puso corbata. Y estaba reguapo.

Mi vestido lo hicieron en un taller de costura tal y como yo lo quería. Encaje de Chantilly y muselina italiana se aliaron para hacer un vestido único para mí. Los zapatos, dorados. El pelo me lo sujeté con dos broches con forma de libélula. Tenían que ser libélulas, por supuesto. Porque las llaman caballitos del diablo y no las quiere nadie, lo que es la mejor razón para que me gusten a mí.

Las alianzas las hizo un artesano. Plata calentada a fuerza de soplete. Cientos de formas y relieves irrepetibles.

El ramo me lo hice yo, que no quería pagar las burradas que pedían en algunas floristerías: margaritas verdes, lisianthus blancos y gerberas rojas. Y hojas de helecho. Y gustó a todos.

Solo mis padres, los suyos, su abuelo y su hermano. Yo no tengo abuelos ni hermanos, mi círculo es pequeño. Seis invitados, boda intima donde las haya. Justo lo que queríamos.

Hubo un cuarteto de cuerda. El dinero mejor empleado. Adoro la música.

La ceremonia se celebró en el exterior, mientras los árboles centenarios nos miraban y el cielo nublado esperaba a que acabáramos para empezar a lloviznar.

Los músicos tocaron el Aria de Bach (conocidísima) y entró el novio, que aunque le repetí el protocolo tropecientas veces fue a sentarse, con la madrina, del lado equivocado (sí, en mi sitio).

Sonó el Canon de Pachelbel (muy conocida también) y entré yo. Con una sonrisa que se me salía de la cara y unas lagrimillas que casi se me escapan de los ojos.

R., el hermano de mi flamante esposo, que va de duro pero es un romántico, leyó un poema de Robert Burns (en gallego, como todo el acto, así que traduzco)

Mi amor es como una rosa roja que florece en Junio. Mi amor es como una melodía dulcemente interpretada, así eres tú, dulce amada. Tan profundo es mi amor que seguiré amándote hasta que los mares se sequen, hasta que los mares se sequen, amada mía, y las piedras se fundan con el sol. Seguiré amándote, amada mía, mientras siga existiendo la vida.

Y la guinda al texto fue le 2º mov. del Invierno de Vivaldi (precioso, ¿no?).

Luego yo dije sí, y el novio también, y nos pusimos los anillos y nos dimos un beso al tiempo que sonaba algo tan alegre como la Sinfonía nº40 de Mozart (pongo enlace de youtube, que las versiones del goear son matadoras)

La Danza Húngara nº5 de Bramhs para celebrar la firma de las actas (me encanta esa pieza).

Y finalmente el tango "Por una cabeza", de Carlos Gardel, que consiguió que el novio mirara a los músicos girando la cabeza como la giraría la niña del exorcista. Debía sonar Bohemian Rhapsody de Queen (de esta no os pongo enlace porque la he puesto mil veces ya en el blog -bueno, va, la versión clásica aquí-) pero no llegaron las partituras a tiempo e improvisaron un tango (como digo muchas veces, en mi vida no hay nada perfecto, y me gusta así).

Fotos, aperitivos, risas, más fotos. Corte de la tarta con la katana que me regaló hace nueve años (el primer regalo que me hizo) y comilona. Y champán, y regalos personalizados para los invitados y más risas. 

Y por fin en casa.