miércoles, 26 de junio de 2013

Día Zombi

Hoy no ha existido. O yo no he existido. He dormido de nuevo mis cinco horas últimamente habituales, lo que inmediata e irrevocablemente me convierte en un zombi el resto del día. 

A veces hasta viene bien. 

Estudiar por la mañana sin dormirme fue complicado pero más complicado fue levantar la vista del examen que tenía por la tarde y ver como el suelo se acercaba y se alejaba y mantener la calma.

Cerca. Lejos. Cerca. Lejos. 

Y yo sacándome la chaqueta y pretendiendo recogerme el pelo, que se me olvidara que lo había cortado. 

Finalmente no di el espectáculo y acabé el dichoso examen sin impactar con el suelo ni nada parecido. 

Quería desconectar de la mierda de día, de la mierda de semana y de la mierda de mes yendo a ver Monstruos pero o iba sola o no iba porque mi compañero salía tarde del trabajo y mañana se levanta temprano. 

Venga. Pues la veo otro día. 

Voy al centro a comprar unas cosas que necesitaba y resulta que llevaba cuatro euros y sin tarjeta. Para eso había caminado bajo este solazo que se está gastando el clima gallego últimamente. Para darme cuenta de que tenía que dar vuelta por dónde había venido.

Y entré en una cafetería y me tomé una copa de helado de vainilla y chocolate con los cuatro euros. 

Acabaré el día jodida, pero con el estómago contento.

lunes, 17 de junio de 2013

Crucifixión para las peluqueras

Yo no sé qué me pasa con las peluqueras, que no hay una que haga lo que le pido.

Hace un par de meses decidí que me cortaría el pelo. Lo tenía por la mitad de la espalda lo que para mí es épico porque me crece lentísimo. Pero necesitaba un cambio. Tijera, y cuánto antes mejor que así igual me da tiempo de tenerlo largo antes de ser una octogenaria que no puede deshacerse los nudos. 

Después de escuchar a varios que me decían nooonotelocortespordios como si debiera importarles algo por fin me puse delante del espejo y racarracarraca. Media melena. Sí, yo, que no le iba a dar el gusto a otro. Al día siguiente me dije: lo voy a dejar un poco más largo por delante, a ver qué tal. Racarracarraca otra vez. 

Hoy he ido a la peluquería a que me hagan el corte que yo quiero. He probado ochocientas peluquerías y sólo una, UNA, hacía las cosas bien. Pero no fuí a esa, porque la jefa es una maleducada y prefiero ir malpeinada que soportar a una imbécil. Fuí a una que abrió hace poco en mi barrio, una chica jovencita. La idea del mes, tuve. 

Yo quería esto. No esperaba que me quedara tan bien porque Audrey es mil veces más guapa que yo pero vamos, el corte era ese. 

Le enseñé la foto, la miró segundo y medio y se puso a cortar con una ligereza y desenfado que yo pensé: o me hace un estropicio o la ha poseído su espíritu creativo y me va a dejar monísima. 

Fue lo primero. Ni siquiera las puntitas hacia afuera me dejó, que igual lo arreglaba, sino que me metió el pelo ahuecado hacia dentro como a una abuela, que debe ser el público que suele peinar.  Algo tal que así pero sin flequillo y más corto de un lado que de otro.

Que habrá a quién le guste y le quede bien. A mí no. 

¿Y qué hice? Pues me fuí al único sitio que sé que me lo dejarían bien. Una peluquería carísima de mi ciudad (venga, les hago publi, Cebado) que son unos pesados intentando venderte productos y tratamientos pero que tienen unos profesionales como la copa de un pino. 

Me tocó un brasileño delgadito y pausado que me dió la razón en que aquello muy bien no estaba. Me lo arregló y está mejor, pero no pudo hacerme el corte que me gustaba porque hubo que cortarlo más para igualar un poco los dos lados. 

Da igual. Me guardo la foto para la próxima ocasión. Por lo menos no parece que llevo una pelota por cabeza. Lo que no sé ahora es si dejarlo crecer o aprovechar que está corto y probar con un cortocorto, idea que aterroriza a mi madre. Lo que es muy tentador, ahora que lo pienso.