miércoles, 31 de julio de 2013

Ayer y hoy

Suena La culpa fue del chachachá, de Gabinete Galigari.


Hoy me pasó al lado un coche idéntico al suyo y me acordé de uno de los chicos con los que estaba cuando tenía veinte años. Se me fueron apareciendo un montón de imágenes que tenía semienterradas, como cuando encuentras una caja con cosas que pensabas que habías tirado.

Un día le pedí que fuéramos a ver el mar. Era una tarde de Octubre y no recuerdo si me había pasado algo malo o simplemente estaba triste, como tantas otra veces. La cuestión es que le ví y le dije "Oye, vamos a donde haya mar". Necesitaba huír un rato del mismo paisaje de siempre. 

Tiramos hacia la costa y nos metimos por un camino de cabras que iba a dar a  una pequeña cala. Había una casita blanca rozando la arena y dos o tres barcas viejas. Estuvimos caminando por la orilla, hablando de cualquier cosa mientras yo me entretenía con los trozos de cuerda o madera que había traído la marea. Lo último que recuerdo de ese día es a él abrazándose a sí mismo, con mi chaqueta puesta, y quejándose del frío. 

Un tiempo después, cuando ya sólo hablábamos de vez en cuando por chat, le dí las gracias por aquello. Qué importante es tener cerca alguien que te lleve a ver el mar cuando lo necesites, ¿eh?

Pensaba todo esto, después de ver aquel coche, de camino a casa. Subiendo por las escaleras me encontré con mi gato A., que salía del dormitorio, recién levantado de la siesta. "Buenas tardes, Mr. Tanaka", le digo. Le va genial el nombre de uno de los personajes de un curso de inglés en cassettes de cuando era pequeña. 

Más tarde le pedí a Z, mi compañero, que me ayudara a sacudir la alfombra del salón, que es grande y pesada. Estaba abriendo la ventana cuando ví en la acera a los vecinos, despidiendo a una visita. "No hagas el gilipollas que están ahí los vecinos", le aviso. Mejor no haber dicho nada. Nos llevó un buen rato sacar la dichosa alfombra, que más que alfombra parecía un muerto, mientras los de enfrente nos miraban de reojo. Los dos con medio cuerpo fuera de la ventana, intentando que no se nos cayera aquella mole. "Agarra bien que se nos va a resbalar y vas a bajar tú a por ella". Z, que toda la fuerza la tiene en la mente, le da unos meneos extraños que hacen oscilar la alfombra ligeramente, mientras yo, incapaz de hacerlo mucho mejor, le arreo unas palmadas que pretenden ser a la vez eficientes y resueltas. Los vecinos ya han despedido a la visita y están en el umbral de su entrada, mirándonos sin disimulo. "Bueno, a ver... que están mirando, joder", digo. Él sonríe, yo me pico "Es que siempre hacemos el subnormal, coño, que ya te avisé y da igual". Me entra la risa floja. "Mira, así no le estamos quitando el polvo ni nada, agarra por ahí y la sacudimos a la vez". Uno,  dos y tres... y Z la mueve como un capote al ritmo de olés. Nos descojonamos los dos intentando meterla de nuevo para dentro, de tal forma que casi caemos los tres encima del sofá. Mientras cierro la ventana intentando mantener la compostura veo a los vecinos que, finalizado el espectáculo, se meten en su casa.

Qué importante es tener cerca alguien que te haga reír siempre, ¿eh?


sábado, 27 de julio de 2013

Canción para todas las que eres, de Eliseo Diego



Canción para todas las que eres

No solo el hoy fragante de tus ojos amo
sino a la niña oculta que allá dentro
mira la vastedad del mundo con redondo azoro,
y amo a la extraña gris que me recuerda
en un rincón del tiempo que el invierno ampara. 

La multitud de ti, la fuga de tus horas,
amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes. 

No solo tu domingo breve de delicias
sino también un viernes trágico, quien sabe,
y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo. 

Niña y muchacha y joven ya mujer, tú todas,
colman mi corazón, y en paz las amo.


Eliseo Diego, poeta cubano  (1920-1994) 

domingo, 21 de julio de 2013

Hueles a otoño

Naciste en Julio pero hueles a otoño, a frutas escarchadas y mermelada de arándanos, a castañas asadas y manzanas caramelizadas.

Sabes a sal marina y a helado de chocolate, en una playa desierta, mirando el ocaso el último día del verano. Sabes también a uvas y naranjas, dátiles, y puede que a canela.

Te escucho con los ojos cerrados y tu voz suena como el repiqueteo grácil de la lluvia en las hojas de los árboles, como el silencio roto por el roce de las caricias en la espalda amada.

Te toco y no te toco porque pareces viento entre los dedos, agua que se desborda y se escapa.

Te miro y eres una bandada de pájaros migratorios que viajan al Sur, ágiles y felices. Eres el gato que duerme plácidamente en aquel tejado. Eres la liebre que esquiva al destino y deja atrás las fauces.




domingo, 14 de julio de 2013

A veces necesitamos ayuda para despegar

Me había sentado al lado de la ventana que estaba abierta, a aquella hora de la mañana ya empezaba a hacer demasiado calor en la biblioteca.

Dí un largo trago a la botella de agua y me dispuse a sacar de mi sombrero mágico libros, apuntes, calculadora y bolígrafos. Me acechaba, malévola, una intensa mañana dedicada a aprender de una vez algunos de los entresijos de la enzimología. Tarea bastante ardua, teniendo en cuenta que nos odiamos mutuamente. 

Miré por la ventana, buscando un poco de alivio momentáneo antes de empezar a estudiar, cuando algo llamó mi atención: en la parte inferior aleteaba, afanosamente, una polilla. Se había quedado envuelta en una telaraña. 

Me recosté en la silla resignada. No iba a ser capaz de concentrarme así, tenía que ir a sacarla. El quid estaba en cuánto llamaría la atención el asunto entre la polilla y yo. Decidí que lo mejor era acercarme con naturalidad, hacer lo que tuviera que hacer y volver a sentarme sin mirar a nadie. 

Estaba prendida por la parte del abdomen. Puse un dedo pisando la telaraña lo más cerca posible de la polilla, de esa forma esperaba evitar el efecto elástico de la tela. Ella tiró y tiró hasta que solo quedó enganchada de la pata. Intenté desenredársela pero tenía miedo a rompérsela. Puede que leyera mi pensamiento porque pareció especialmente motivada de repente y consiguió soltarse al completo. Todo un equipo las dos. 

Se me pasó por la cabeza cogerla con las manos en forma de cuenco y echarla por la ventana pero ya notaba en mi nuca demasiadas miradas y la idea de que todas ellas me vieran intentando capturar la polilla me echó para atrás. Así que me senté de nuevo sin levantar la vista del suelo.

No pude evitar echar una mirada a mi amiguita. Estaba recorriendo la ventana en busca del hueco por donde estaba abierto. Con tanto afán que casi se mete de lleno en la telaraña otra vez. Pensé en si me levantaría de nuevo a ayudarla pero ya no pude contestarme: la polilla había encontrado la salida. ¿Pero qué hace? ¿Por qué no vuela hacia el exterior? 

Se hallaba quieta en el borde. Podía ver como el aire la hacía mover un poco las alas y despeinaba esa pelusilla que tenía en la cabeza. Hasta me pareció bonita. 

Por fin se frotó una antena contra la otra y despegó. No pude evitar sonreír.