martes, 25 de febrero de 2014

¡Que sí, que esta vez sí!

Llevo desde los 17 años queriendo participar en la carrera pedestre de mi ciudad, pero nunca he conseguido aguantar corriendo más de media hora seguida. Nadando lo que quieras, corriendo no. Durante años porque estaba practicando otros deportes o porque no daba palo al agua en lo que a cuidar mi forma física se refiere lo fuí dejando pasar. 

Pero ya no.

¡Este año va! Es en Octubre. Tenemos tiempo de sobra para prepararnos. Y hablo en plural porque arrastro a Z en mi empeño. Hoy fuímos por el monte. Tengo lo que para Z es una manía y para mí una sana y natural costumbre. Se trata de querer investigar cuánto camino pedregoso se me cruza. Z quiere llegar a un punto y luego volver hacia casa. Yo quiero seguir siempre palante, igual que cuando visito una ciudad que no conozco: volver por el mismo sitio por el que vine ¡jamás!

Hoy nos metimos por un camino y aquello tardaba mucho en llegar a algún punto civilizado. 

-No te preocupes, -dije Z aka el quejica- si nos perdemos pregunto a alguien.
-¿Preguntar a quién? ¿A un eucalipto?
-No, que tienen pinta de yonkis, mejor a un roble.
-...

Ante lo solitario del camino digo: 
-Oye, si me intentan violar ofrécete tú, que yo quiero seguir siendo virgen y pur...
-¿Qué me ofrezca para qué? ¿Para ser el primero? 
-Pero qué bruto eres...-insertese manotazo en los huevos- Anda calla, que allí se ve una casa... 

Y así siempre. Supongo que en la carrera pedestre también iremos de este modo, charlando animadamente.

jueves, 20 de febrero de 2014

Hay que tirar la basura


A veces me despierto de noche. Últimamente me cuesta volver a dormirme luego, así que saco la linterna y me pongo a leer. La idea es leer en silencio pero la verdad es que a veces hago un ruído de la leche pasando las hojas. Es lo que tiene querer leer iluminada por una linterna y tapada hasta las orejas con el nórdico, que todo no se puede.

Leí hace unas semanas los cien consejos del libro Simplifica tu vida, aquí los tenéis por si queréis echar un vistazo. Me gusta mucho esa filosofía, ya hago muchas de las cosas que dice, pero tampoco seguiría todos las ideas que da. La parte física la llevo muy bien. No soy nada dada a acumular cosas, ni a tener varias cuentas en el banco, ni cincuenta productos de limpieza... la parte mental no la llevo tan bien.

Necesito simplificar un poco mi vida, empieza a pesar demasiado y eso no es bueno. Tengo que  hacer hueco, dejar espacio, hay que aligerar la carga. Sueño cosas extrañas con gente que ya no está. Sigo anclada en el pasado en muchos aspectos. Yo, que no soporto estar atada, me ahogo. Me ahoga no avanzar, moverme tan lento... Z siempre me dice que soy una corredora de fondo, no de velocidad. Que mi fuerte es la resistencia. Okey. Suena bien, pero necesito llegar ya a casa. Estoy hasta el coño de correr. 

A veces siento como si tuviese mi culo sentado en un tirachinas a tope de tensión, y que en cualquier momento voy a salir disparada. 

Probablemente atravesara la estratosfera.

domingo, 16 de febrero de 2014

Música

Hace un rato estaba escuchando esto, Come back to what you know, de Embrace, una de esas canciones superpreciosas que atesoro en mis listas de Spotify y que siempre me salvan el día. La escuchaba moviendo la cabeza y un pie marcando el ritmo y pensaba en lo mucho que me gustaría saber cantar o tocar un instrumento. ¿A que es superpreciosa? 

Por la mañana fuí a hacer la compra, descubrí que mi padre me devolvió el coche a cero de combustible y casi me acojoné un poco intentando llegar a la gasolinera. En el centro comercial un reponedor terriblemente guapo me indicó que justo delante de mis narices estaba la leche de coco por la que preguntaba. Soy el terror de los reponedores. Siempre les ando incordiando por cosas que tengo delante de los morros. 

Cuando volví estuve cocinando. Entre que durante la semana como en casa de mis padres y esa sombra de tristeza que tengo encima desde hace demasiados meses había abandonado bastante el tema de cocinar, salvando las situaciones con cualquier cosilla fácil. 

Cuando cocino enciendo esta radio:



Es recuerdo de la época en que quise dedicarme a la compra-venta de objetos retro, vintage, antiguos, viejos... También tengo un montón de aceites esenciales, manteca de cacao y un kilo de sosa caústica de cuando iba a crear un imperio vendiendo jabones artesanos, pero esa es otra historia. Creo que me gustan los lunes porque me gusta la emoción de empezar algo nuevo. No he ganado dinero pero aprendí a diferenciar en qué década fue construído un mueble (la radio es alemana, de los 70, igual que mi teléfono) y a hacer jabones ecológicos. Algo me ha quedado. Ahora me ha dado por la pintura. Toma ya.

Me ha gustado mucho cocinar algo elaborado de nuevo. Tengo que seguir una receta porque si improviso suelo cagarla. Mi gato A. me vigilaba desde la ventana, peleándose con la veneciana color vainilla y mordiendo las florecillas rosas de la Alegría de la casa. Sí, así se llama la plantita en cuestión.

Sonaron canciones muy bonitas. Superpreciosas también. Empecé como hace un rato, moviendo la cabeza y un pie y acabé cantando y bailando mientras cortaba setas y vigilaba el horno. 

Es un día musical. También estoy escribiendo un relato sobre un luthier, Nicolo Amati, que fabricaba violines allá por el siglo XVII. 

Creo que cuando domine un poco la pintura empezaré a tocar un instrumento. Siempre he querido tocar el violonchelo.

P.D. Me acabo de acordar de que al mediodía ví un musical, Pitch perfect (Dando la nota), una chorrada yanky pero que me entretuvo. Más música.

domingo, 9 de febrero de 2014

Bloqueo a la tristeza

Hoy al despertarme me he quedado mirando la lámpara del dormitorio. Tiene forma de átomo, o de astrolabio. Es muy bonita. Es estupendo poder rodearse de cosas bonitas. Miraba la lámpara al tiempo que reparaba en el silencio que había. Me imaginé por unos segundos a los tres gatos durmiendo. De repente me sentí muy triste. Me acordé de qué había soñado. Con un fantasma del pasado.
He pasado la tarde en casa de mis padres. He visto tres películas seguidas de esas melodramáticas que ponen por las tardes en algunas cadenas. Tres películas explicándole a mi madre qué sucedía, porque suele equivocarse y acaba despotricando contra el personaje bueno. Que no, mamá, que ese es el que quiere salvar a la niña. Mamá, que esa es la suegra, que quería matar a la nuera. En la tercera ya la dejé despotricar contra quién quisiera. Tres pelis con mi madre, y sobreviví. 

Tengo frío, todo el rato. 

Voy a ducharme con agua bien caliente, y a ponerme un pijama recién lavado. Siguiendo con la animación asiática, después de Monster y Sword Art Online, empezaré a ver Kenshin mientras ceno, bien arropada por mantita y gatos. Luego prepararé unas cosas para mañana y me iré a dormir, abrazada a alguien que me quiere.Y olvidaré todo lo malo.

A veces tener un gato en el regazo es un escudo contra el mundo.

sábado, 8 de febrero de 2014

3 microinfartos y 1 aneurisma

Qué días extraños... llueve un montón, continuamente, y llevamos semanas así, y a mí me gusta la lluvia pero yo quería un rayito de sol o algo, si no es mucho pedir, ah, qué sí, que sí es mucho pedir... bueno, pues nada, a ver en agosto si tengo más suerte.

Ayer fue un día de locos. Además ocurrió todo lo que os voy a contar en una hora:

-Me enteré en el último día de plazo para modificación de matrícula de que por algún error inexplicable no estaba matriculada en una asignatura que llevo queriendo coger desde que empecé la carrera (siglos ha). La diferencia entre una cosa o la otra es acabar la carrera en el 2014 o no. Casi ná.

-Hace un par de semanas tuve tres exámenes en dos días. Cómo sabía que no era capaz de preparar los tres elegí ir sólo a por uno de ellos. Al salir de ese examen el profesor me dijo, delante de los otros cincuenta alumnos, que no tenía porqué correjírmelo ya que no tenía la asistencia (sí, falté a clase), que tenía que justificarle las faltas. Supongo que esperaba que le inventase alguna tontería pero le dije que no tenía ninguna justificación, que no había ido porque no había querido. Me miró interrogativo. Le dije que no sabía que en esta asignatura la asistencia era obligatoria y que entendía que si lo ponía en la guía docente no me corrijiese el examen. Él miró mi examen por encima, vió que había contestado todo, con gráficas incluídas, y me dijo... "Bueno, ya veré". Estuve una semana cagandome en tó con la incertidumbre de si me corrijiría el examen o no. Cuando salió la lista de notas al lado de mi nombre sólo había un espacio en blanco. Me cagué en mi mala suerte una vez más: de tres exámenes tenía que haber elegido el único al que no me podía presentar. Ayer me llegó un mensaje al móvil con la nota de la asignatura, aprobado. Supongo que lo dejó en blanco para ver si iba a llorarle un poco en la revisión (yo lo de rogar se me da bastante mal) y finalmente, aunque no fuí, decidió darme por válida la nota. Fue una mezcla de alegría por la nota y rabia por lo mal que lo pasé cuando realmente él sí iba a corregirlo.

-Saqué el coche del garaje para hacer un recado y cuando volví, después de aparcar, al entrar en casa, Z me dice que no encuentra en casa a la gata de un amigo que estamos cuidando estos días. Como no me fío un pelo de Z lo dejé en la puerta, mirando fijamente el coche, por si se había metido en el motor y la veía salir (Z no sabe abrir el capó) mientras yo miraba  la casa de arriba abajo. Ahora pienso que lo lógico sería abrir el capó cuánto antes.  Z parecía tan tranquilo que le grité "¿Pero tú te das cuenta de lo que está pasando? ¿Te das cuenta de que le hemos perdido la gata?" Y es que llevamos diez años juntos y nunca me acostumbraré a esa cara de indiferencia total que pone hasta en las peores situaciones. Nos fuímos hacia el coche.

Antes de abrir el capó respiré hondo. Podía encontrarme una gata muerta, una gata viva agonizando, una gata chamuscada o una gata intacta histérica, o no encontrar nada y entonces a saber en dónde habría caído en el recorrido que hice en coche. Abrí el capó, llevaba una linterna para mirar entre los recovecos. No me hizo falta. La gata estaba ovillada durmiendo en un hueco que había arriba de todo. Volví a bajar el capó. Respiré hondo. Miro a Z. Le pregunto si la mato o la dejo viva. Me dice que mejor la deje viva. Tras el alivio me entró el pánico de que se nos escapara al intentar meterla en casa. Lo mandé por el transportin, dijo que mejor en brazos porque el transportin no le gusta, también dijo que podíamos meter el coche en el garaje con la gata dentro, que dónde estaba no se quemaba ni nada, cosa que a mí me parecía mucho tentar a la suerte. Finalmente abrímos el capó, le hablé amorosamente a una gata que quería seguir durmiendo donde estaba y la metí en casa.

3 microinfartos y un aneurisma, calculo que me costó todo esto.