lunes, 22 de septiembre de 2014

Tampoco importa





Estos son algunos de mis libros sobre agricultura ecológica, en el centro podéis ver tres sobre poda. Podar bien es un arte. Podar no es cortar a tu antojo lo que te parece que sobra. Podar es, en primer lugar, elegir un porqué: por estética, por necesidad de espacio, para conseguir más fruto... No se poda de la misma forma un rosal que una planta de romero. Un mal corte en una hortensia te deja sin flores para el año. En una vid te quedarás sin uvas.

Soy una persona muy poco espiritual, sin embargo encuentro en podar un proceso en el que debes aliarte con la naturaleza de una forma armónica. Yo no soy una experta, aprendo cada vez que cojo las tijeras de podar. Los frutales son un reto. Empiezo siempre por los chupones. Son ramas con un alto consumo energético que no aportan nada al árbol, además de romper con la armonía de la que hablaba, ya que crecen verticales y afean el árbol. Después viene lo difícil. Necesito tiempo, pienso cada corte. Me alejo unos pasos, como quién mira un lienzo en un museo, observo. Es muy satisfactorio cuando consigues podar sin estropear la figura de la copa, sin que se note a simple vista que has podado. Aliarse con la naturaleza, cortar lo mínimo posible. 

En casa de mis padres hay varios frutales. Mi padre no sabe podar ni sabrá nunca. Se limita a cortar con la motosierra por cualquier lado, destrozando el árbol. Hace tres años me dio tanta pena como dejó los árboles que les dije que a partir de entonces me ocupaba yo de eso. Los rosales nunca dieron tantas flores como desde que los podo yo. La vid aún se me resiste y no da tantas uvas como debería. Llevo tres años podando intentando que los frutales recuperen su esbeltez, intentando disimular las heridas de malas podas, intentando recuperar el equilibrio de la copa. 

Hoy he llorado por esos árboles, porque he visto que los han destrozado de nuevo. ¿La razón? Que había demasiados pájaros en sus ramas y les molestaban. He llorado porque no se ha respetado el trabajo que yo había hecho, el tiempo que les dediqué y he llorado también por ellos, porque ya no se podrán recuperar y ser tan hermosos como podrían llegar a ser. Las ramas que observé atentamente antes de dar un par de cortes con mis tijeras están ahora cercenadas sin ningún sentido ni cuidado. He llorado de rabia, pero también de pena. 

Me gustaría que murieran, me duele verlos así. 

Hace tiempo tenía un amigo. Pasaron muchas cosas. Dejé de leerle, dejé de escribirle, salvo alguna vez que me puede la nostalgia y le mando alguna tontería, a modo de caricia a lo que pudo ser y no fue. Ver los árboles mutilados me recuerda a esa amistad rota. A algo bello que fue abortado, de una forma estúpida y absurda. Es algo que ha sucedido muchas veces en mi vida.

Tanto el recuerdo de esa amistad como la visión de los árboles me recuerda que en este mundo estoy para ver como otros destrozan lo que para mi es muy valioso. 

Y no lo saben, pero si lo supieran tampoco les importaría.

Y como mi vida es así de estúpida y absurda el día que lloro por los árboles cercenados, por las amistades que murieron, por las veces que me sentiré como hoy... ese día por primera vez en mis 33 años pillo a mis padres follando.

Creo que algún día me acostumbraré a reírme entre lágrimas de las idioteces que me suceden. Ese día seré invencible. 


Edito: No voy a volver a tocar esos árboles, ni nada de la finca. Valoro mucho mi tiempo como para perderlo de nuevo. Supongo que por eso me da tanta pena, porque nadie los recuperará.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Un bolso, nada más




He visto muchas veces fotos de lo que lleva en el bolso la gente. El otro día se me dio por sacar esta foto. Me gusta porque creo que me representa bastante. 

-El punto medio loco del color del bolso. 
-Una de las gatas que tengo acogidas, no la llevo dentro del bolso pero decidió salir en la foto igual. 
-El verde chispeante de la cartera acharaloda. ¿Hortera? Seguramente.
-Las gafas de sol. Nunca usé hasta hace dos o tres años. Cada vez me molesta más la luz.
-La agenda horrible de El Principito, porque me encanta ese libro, tan inocente y perturbador a la vez. Necesito una agenda como el oxígeno para vivir. Mi cerebro todo lo cree prescindible y olvida con una facilidad pasmosa. Me dan igual las marcas de ropa pero hace años que soy fiel a las agendas Moleskine, me parecen perfectas. Iba con toda la intención de comprar una roja cuando se me cruzó esta bandada de pájaros y la frase de aquella canción que escuché en directo a Loquillo hace poco "He aprendido a volar..." y, aunque me pareció fea de cojones, no me pude resistir. A veces escucho señales que sólo yo oigo.
-El móvil y su funda de meteoritos-estrellas de colores. Como dije en Twitter, sobria y elegante. Vamos, como yo.
-Un pilot, porque es el único que hace bonita mi letra aunque escriba rápido y sea medio ilegible.
-Un boli, por si acaso.
-Llaves de casa  y llaves de mi viejo Vitara. Nunca sé dónde están ninguna de las dos.
-Pastillas extras para no ponerme a convulsionar y lanzar espumarajos en cualquier parte. 
-Mi primer pendrive. De hace como diez años, diría yo. Tan sólo 249 MB, 30 €. Cómo ha cambiado la cosa, ¿verdad?
-Un cortapizzas. No lo llevo habitualmente, vale, pero allí estaba, porque odio cargar bolsas y todo lo que quepa se va para el bolso.

De vez en cuando tiene ocupantes temporales como un estuche, la bata del laboratorio, apuntes o, porqué no, un bote de espárragos.

¿Y vosotros? ¿Qué tenéis en el bolso?



Al final la enana se metió dentro. El pilot lo puse yo para sacar la foto, obviamente. 


Estas últimas semanas han sido intensas. En Agosto fuí a un concierto de Gloria Gaynor y Fangoria, y hace poco a uno de Loquillo. La música en directo tiene algo de ritual tribal. Saltar, cantar, aplaudir. Durante un rato vuelas.