domingo, 26 de abril de 2015

Felicidá, qué bonito nombre tienes

Suena :


Es curioso cómo acabamos pensando que debemos ser felices. Que tenemos que estar felices. Ser graciosos y ocurrentes, saludar con una encantadora sonrisa y quitarle importancia a todos y cada uno de los tropiezos que tengamos. Porque tenemos que ser optimistas. Optimismo obligatorio. Estar alegres. Sonreír. Ser felices. Siempre, que los demás no se den cuenta de que no lo somos tanto, que finjamos tan bien que nosotros mismos tampoco nos demos cuenta. 

No se puede decir que estás pasando una mala época, eso es de perdedores. No puedes decir que lloras, a los quejicas no los quiere nadie. Tienes que reír y hacer reír si quieres gustar, si quieres que te quieran, que te admiren, que te envíen caritas sonrientes por whatsapp porque tú molas mil. Una buena actitud es indispensable, sonríe, siempre.

El otro día alguien me dijo: "¿Estás enferma?" Pues mira, no, estoy más borde que de costumbre (ya no estaba bajo el nivel) y con menos paciencia para idioteces, pero por suerte no estoy enferma, sólo peleo contra las crisis de ansiedad y tengo indicios de depresión que estoy frenando con terapia.

Esto viene a cuento porque estoy un poco harta de todo ese pensamiento místico-espiritual taaaann horroroso que predica lo de "Si desprendes energía positiva recibirás energía positiva" y patochadas del estilo que no crean más que frustraciones, autoexigencias inútiles y más infelicidad que deberás esforzarte en disimular para seguir desprendiendo puñetera energía positiva y dando una imagen de éxito y alegría infinitos. 

Pos mira, no. A veces las cosas se tuercen, o no consigues tus objetivos, o simplemente estás triste porque sí, y tú tienes todo el derecho del mundo a mostrar tu tristeza mientras intentas recomponerte como buenamente puedas. Y al que no le guste que le den. 

Cambio de tercio. 

En un semáforo que hago a menudo apareció un día un chico de unos veintipocos haciendo malabares con una manzana, un tomate y una naranja (quien dice malabares dice pasándoselos de una mano a otra, no había más). Perdí la cuenta de las veces que se le cayó la naranja y sentía tanta pena por él y la carita de vergüenza que tenía que se me hizo eterno. Cuando se puso en verde el semáforo le dí una moneda y de entre la sonrisa tímida salió un gracias con acento argentino que me desarmó aún más (soy argentinofonófila -me acabo de inventar el término, quiero decir que me gusta el acento argentino, vamos). En los días posteriores se fue especializando en cítricos, y ya sólo usaba limones o naranjas. Seguía siendo bastante malo pero le ponía ganas, eso sí. Un día lo ví por la calle arrastrando una gran maleta roja. Me lo imaginé volviendo a su país, aceptando que su carrera como malabarista en España había terminado. Pobre, me dije.

Me equivoqué, no se había ido. Estas son fotos desde distintos puntos del lugar donde se ponía siempre. Un día él no estaba, pero allí había dejado su maleta:



Otro día estaba su chaqueta y una botella de cerveza:



Y otro su chaqueta y dos limones:


Es un poco como la felicidad. Difícil, escurridiza, parece que se va pero vuelve y deja destellos de su existencia. Aún sigue ahí, aunque a veces pases tiempo sin verla.