sábado, 21 de marzo de 2015

Electrodos de colores y lunares

Hoy hace once días que quería escribir un post. Así estamos de desocupados. Cuando no estoy liada con alguna de esas estúpidas obligaciones que contraemos los humanos, esas que no valen para nada más que para hacerte sentir que haces algo útil con tu vida, estoy tirándome en la cama muerta de cansancio y ganas de apagar el interruptor y desconectarme. Y digo estúpidas porque cuando alguna vez me pregunte (o me pregunten) por un momento feliz no pensaré en una de las veces que estaba revisando cuestionarios de posibles adoptantes para la protectora, o el día que pasé dos horas buscando determinado paper sobre el hipotiroidismo para un trabajo de Bioquímica Clínica. Pensaré, por ejemplo, en el día que ví el sol desaparecer en el mar desde el cabo Finisterre. O aquella siesta con cinco gatos encima mío. Así que ayer me pasé toda la tarde viendo la 2ª temporada de una serie sobre un psicópata e intentando relajarme un poco. Cuando Z me nota decaída o con ansiedad me dice "¿Pongo una de terror?" Zombies, psicokillers y cosas del estilo suelen sentarme bien. 

Me hicieron un Holter hace una semana (una prueba en la que registran la actividad eléctrica de tu cerebro durante 24 horas) y tras lavarme el pelo 3 veces aún sigo sacando restos del producto que echan para fijar los electrodos. 

Me habían dicho que llevara un pañuelo para cubrirme la cabeza al salir del hospital y como no había espejo en la habitación le dije a la enfermera que me lo pusiera ella como viera, pensando que tendría experiencia y sabría colocármelo mejor que yo. Cuando llegué a casa y vi la pinta de paleta que tenía me dí cuenta de que la gente igual no me miraba por la gasa que asomaba por debajo y me tapaba frente y cuello. Me la había atado debajo de la barbilla con un nudito, y luego lo había rematado echando las puntas hacia atrás y volviendo a hacer otro nudo en la nuca. Me parecía un montón a la calavera de mi bisabuela. Resulta que hace años hubo que vaciar el nicho donde estaba mi bisabuela enterrada. Así que sacaron el ataúd podrido y pude ver la calavera (no me dejaron acercarme demasiado). Me hizo gracia que llevaba la pañueleta atadica como cuando la enterraron. Me habría encantado ver las tibias dentro de las medias y los zapatos. Me habría encantado verlo todo. Lástima que en aquel momento elegí no parecer un ser morboso. Hoy en día me habría dado igual. 



Me mosqueé con mis "socios". Querían que yo, mi cabeza vendada y mis quince electrodos con sus respectivos cables de colores colgando desde la nuca nos pusiéramos a imprimir camisetas. Unas camisetas que ni siquiera eran urgentes y que podían esperar perfectamente a que me sacaran todo el cablerío. Así que les dije básicamente que yo tenía claro que me quedaba en casa y que ellos podían ponerse a bailar la jota si querían. 

El otro día, mientras estábamos trabajando los cuatro, dijeron entre jijis y jejes que yo era borde. No soy borde, es que tengo muuuuy poca paciencia con los gilipollas, pensé para mí. Bueno, puede ser que sea algo borde. Pero así está bien.

No sé si lo que digan los resultados de la prueba será útil o no, pero creo que solo por las risas que me eché a causa de la cara que puso el mensajero cuando le abrí la puerta, mereció la pena. Creo que como mínimo me diagnosticó un traumatismo craneoencefálico severo con pérdida de masa encefálica. 

Ha sido mi cumpleaños. No me gusta nada que pasen los años tan pronto. Z casi me regala una tablet, es lo que entendió. Menos mal que a tiempo le dije "Una tablet no, ¡una tableta gráfica!". Días después de esto me enfadé con él. Yo no quería regalos pero él me lo dio de todas formas. No sé rechazar regalos y tampoco no corresponderlos. Le di el juego de Sherlock Holmes. Fueron unos cumpleaños muy tristes para mí. No hay nada peor que amar a alguien y sentir que no te valora, que eres prescindible. He perdido a gente por no ser capaz de aceptar que era prescindible para ellos. Esta vez sí envolvió mi regalo, con papel de lunares, sabe que me gustan. Aún no lo he abierto. Tengo que esperar la actitud adecuada. No puedo dibujar estresada. Hace demasiado que no dibujo. Tengo que solucionar eso o no aprenderé a hacerlo realmente bien nunca. Es una de las pocas cosas de las que estoy segura, que si le dedico algo de tiempo puede llegar a dárseme muy bien.

Ya no estoy enfadada, intento seguir adelante pero tenemos una charla pendiente. No sé cómo empezarla.

H., el chico que me guió en mi Trabajo Fin de Grado, me ha dicho que le gustaría que le ayudara en el laboratorio con su nuevo experimento. Ya he contado otras veces que estoy muy frustrada académica y profesionalmente así que ha sido muy halagador que me valore mis capacidades. Desgraciadamente lo he pensado objetivamente y he tenido que declinar la oferta. Aunque me hubiera gustado, no puedo, debo hacer esas estúpidas cosas de las que hablaba al principio. 



viernes, 6 de marzo de 2015

Que florezca pronto el jazmín...

A veces estoy triste y acabo llorando dentro del coche en el párking de un centro comercial.

A veces estoy más animada y me compro una libreta de pájaros y un lapicero con forma de casa con un gato en el tejado y hago mis primeras facturas como autónoma y pongo orden y pienso que todo va a ir a mejor. 

Pero no dura mucho.

Entonces viene la apatía y el cansancio. 

El otro día tumbé la cabeza sobre el volante del coche y pensé: "Por favor, que este año florezca pronto el jazmín"

Fue un pensamiento de esos que aparecen sin venir a cuento. Ni estaba pensando en el jardín, ni nada de eso. Estaba pensando en mis mierdas y de repente esa frase. El jazmín está precioso cuando florece, me gusta mucho el aroma que desprende, pero me sorprendió que mi cerebro me ofreciera el consuelo de que cuando el jazmín floreciese, todo iba a ser más bonito. 

Quizás tenga razón, quizás dentro de unos meses todo estará mejor. Y si no lo está, por lo menos olerá bien.